miércoles, 4 de enero de 2012
#68
martes, 8 de marzo de 2011
#62
A Jack no le molestaba el aspecto sucio y decadente de su habitación de motel. No le molestaba la luz rojiza del cartel que anunciaba que en el local de enfrente era posible emborracharse mientras uno observaba cómo se desnudaba una chica detrás de otra, a pesar de que parpadeaba de un modo irritante y estaba colocada de manera tal que caía directamente sobre la almohada. Tampoco le molestaba el hecho de que el televisor de pago no fuese capaz de mantener la emisión durante más de siete segundos sin perder la señal, ni la cama con una pata rota, ni el continuo zumbido del extractor del baño hora tras hora. A Jack todo eso le daba igual.
Lo único que le molestaba, lo que le carcomía el alma y le enfadaba en un grado supremo, era la pequeña mancha de humedad que se había instalado sigilosamente en la pared de la habitación. Aquella sombra de un par de centímetros que iba ganando terreno tan despacio que podría decirse que se mantenía siempre del mismo tamaño. Pero Jack sabía que no era así, que la mancha crecía imperceptiblemente día tras día. Y le podía, le exasperaba, le derrotaba. Porque aquella mancha de avance imparable le recordaba con su intromisión que más allá de aquellas cuatro paredes existía un mundo y tarde o temprano, la fuerza del cambio despiadado e inexorable acabaría por atraparle también a él.
viernes, 18 de febrero de 2011
#58
Un día, con doce años, Adrián salió de su habitación con un cordón negro en el cuello a modo de colgante. No tenía ninguna joya ni adorno, a excepción de una serie de nudos repartidos por toda la extensión de la cuerda. Sus padres le preguntaron al respecto, pero él se encogió de hombros y sin dar más explicaciones, dijo que le gustaba.
Desde entonces, todos y cada uno de los días de su vida llevó aquél cordon negro con nudos al cuello. Varias personas quisieron saber el por qué de tan extraño adorno, pero él siempre daba una respuesta parecida. Nunca le explicó a nadie el tema del cordón, y tal vez no tenía nada que explicar. Sin embargo, aquellos que llegaron a conocerle el tiempo suficiente se dieron cuenta de que muy de vez en cuando, el número de nudos disminuía. Sencillamente un día había un nudo menos que el día anterior. Por supuesto, aquellos que lo notaron sabían a esas alturas que preguntar era algo inútil, así que no lo hicieron.
La vida de Adrián fue como tantas otras. No fue una vida digna de una novela de aventuras, ni mucho menos. Tuvo sus éxitos y sus fracasos, por supuesto. Más fracasos que éxitos, como suele ser habitual, pero fue una vida al fin y al cabo. Tampoco vivió demasiado.
Lo único sorprendente fue que cuando le encontraron muerto en su cama, se dieron cuenta de que el cordón de Adrian descansaba liso, sin un solo nudo, sobre su cuello sin vida.
martes, 1 de febrero de 2011
#53
…Ya ve, señora, entre los taxistas hay de todo. He visto compañeros llevar a gente que lo necesitaba sin cobrarles un duro, y a otros dar una vuelta por toda la ciudad a unos pobres despistados. Pero eso no quiere decir que todos seamos unos timadores ¿eh?. No vaya usted a llevarse esa impresión. Yo mismo he ido a recogido gente que por una cosa u otra no me salían rentables, pero me daba pena dejarles en la calle, muriéndose de calor o de frío según fuese la estación del año. Y sin embargo, por muy bueno que seas todavía hay gente que no quiere dejarte trabajar, ¡incluso dentro del mismo gremio! Será cosa de la crisis, pero no vea los problemas que he tenido yo con otros taxistas. ¡Como si por tener narcolepsia no tuviese derecho a un curro digno! ¿Qué, cómo dice? ¿Que la deje aquí? ¡Si está a más de veinte minutos andando de la dirección que me indicó! ¿Seguro? Bueno, bueno, son tres con cuarenta. Aquí tiene. Buenas tardes.
(Puerta que se cierra)
De verdad, la gente cada día está más loca.
jueves, 20 de enero de 2011
#47
Pedro tenía un problema de identidad tremendo, de esos que aparecen en los libros de psiquiatría. Lo mismo se creía un caballo y se pasaba el día relinchando, como se transformaba en un semáforo y te lo encontrabas en cualquier paso de cebra cambiándose continuamente la camiseta roja por la verde, la verde por la amarilla, la amarilla por la roja, y otra vez a empezar. Fue de todo: ministro, caja, tubería, corredor de maratón, despertador, marinero, alfombra, perro, electricista, zapatilla, pollo en pepitoria, espeleólogo, tenedor, mesilla de noche, funambulista, pizarra, catador de vino (al día siguiente fue sufridor de resaca), autobús urbano, sombra, panadero, árbol, luciérnaga, cardenal, besugo, lentejuela, buzón de correos …
Hasta que un día le tocó ser libre, y no se le volvió a ver.
martes, 11 de enero de 2011
#44
Su voz era tan límpida que cada vez que las palabras salían de su boca, el aleteo de los pájaros sonaba como millones de tambores tronando al unísono. Su voz era agua, era luz. Era la pureza misma, más leve y más frágil que una gota de lluvia en el instante antes de estrellarse contra el suelo. Era el hilo de oro con el que se unen las palabras sagradas que ya nadie pronuncia. Su voz era cristal de bohemia materializándose en el aire una fracción de segundo, y desvaneciéndose ante tus ojos antes de que estuvieses seguro de lo que habías visto.
Hasta que dijo “te quiero”, y quebró el cristal en mil pedazos.
sábado, 25 de diciembre de 2010
#40
Sobre los baldosines mojados arremetimos con pasos de baile que salieron de la nada, seguros de no estar allí. Solos, bailamos durante horas, días. Meses. Años enteros. Bailamos como locos sabiendo que aquella música no sonaría nunca más para nadie, que cada nota perdida no se escribiría jamás en ninguna partitura.
Bailamos, hasta que la vela murió de vieja y la música se deshizo literalmente en el aire, y perdí su tacto en la oscuridad. Y nunca llegué a saber si aquella noche gané algo, o perdí lo poco que me quedaba.
lunes, 20 de diciembre de 2010
#38
Por supuesto que me acuerdo de aquél día, no vea la que se lió. Que luego ya sabe cómo somos, y con un par de bacanales se pasan los males. Pero sí, me acuerdo perfectamente: cuando yo llegué ya estaba todo el estropicio montado, los fragmentos del desastre esparcidos por el suelo y un montón de gente corriendo de aquí para allá. Pregunté a Héctor que qué había pasado y me apartó de un manotazo con un “a mí qué me dices, creo que lo ha roto Edipo, si ves a Aquiles avísame”. Edipo, que ya estaba así cuando él llegó, que seguro que había sido el cabrón de su padre pero que había visto a Medusa salir pitando de allí dos minutos antes de que él llegase. Medusa que claro, que cómo no iba a chocarse con las cosas con esas gafas de Sol que le habían puesto, pero que ella no había sido, aunque olía a Ícaro y cera derretida, lo mismo un aterrizaje mal hecho. Ícaro, empotrado a dos metros de altura en una columna dórica, que si de verdad pensaba que llegaba a tirar nada desde ahí arriba, pero que había visto a Prometeo prendiendo cosas por ahí cerca. Prometeo que qué va, que seguro que ha sido Pegaso que se encabrita y no controla. Y Pegaso que nanai, que eso ha sido el tábano al posarse donde no debe. Así que todo el mundo a buscar el tábano, y el tábano que no aparece, y nos quedamos sin saber quién había sido el culpable.
Claro, que en realidad daba un poco igual. Lo que nos preocupaba era otra cosa. Porque a ver quién tiene huevos de decirle a Pandora, con la mala leche que se gasta, que “alguien” le ha roto su cajita.
domingo, 12 de diciembre de 2010
#34
La noche que ocurrió todo, Carlos volvía a su casa después de una discusión con su recién adquirida ex novia. Caminaba despacio, con la mirada fija en los dibujos de la acera mientras su cabeza se dedicaba a recordar dolorosamente cómo se había esfumado lo que él pensaba que sería eterno. Vamos, que no hacía ni caso a lo que pasaba alrededor. Por eso no fue hasta que tropezó con algo tirado en el suelo que supo que pasaba algo raro. “Hay que ser gilipollas”, maldijo para si mientras se sacudía la camisa que se le había enredado en el pie, provocando aquel pequeño traspiés. Pero en ese momento vio unos pantalones con cinturón y unos zapatos con calcetines dentro justo al lado, colocados de una manera curiosa. “Qué extraño” pensó mientras avanzaba unos pasos sólo para encontrarse con una estampa parecida unos metros más allá: un vestido azul, unos zapatos de tacón y un sombrero blanco tirados en la calle. De golpe, se dio cuenta de que no se oía ni un ruido. Se acercó a los coches parados en la carretera, y en todos encontró únicamente ropa tirada en los asientos. La gente, simplemente, se había derretido. Y sin un motivo aparente, se acordó de aquél mago que le dijo, a los siete años:
- El día que pienses que no te queda nada, tendrás el mundo entero para ti.
Y así fue. Aunque siempre sospechó que en algún lugar del planeta había un mago sonriendo.
lunes, 29 de noviembre de 2010
#30
A Jorge siempre le daba vergüenza ducharse con Sonia. Podían haber pasado la noche entera (una de tantas) haciendo el amor como locos, sin un respiro. Podían haberse recorrido enteros el uno al otro millones de veces jugando entre las sábanas. Daba igual: a la hora de meterse a la ducha, él siempre se esperaba a que ella estuviese dentro, entraba corriendo y se pegaba mucho para que la chica no pudiese ver más que sus ojos azules llenos de champú. Y Sonia sonreía y le abrazaba fuerte, porque aquello le parecía lo más tierno del mundo.
Y aunque ella nunca lo supo, él se dio cuenta meses después de ver cómo se marchaba: el día que Jorge se atrevió a entrar con ella en la ducha fue el día que Sonia dejó de quererle. Y sus ojos recordaron el champú, y se le llenaron de lágrimas.
jueves, 25 de noviembre de 2010
#28
El caso de Natalia siempre fue curioso: cada vez que estornudaba se quedaba un buen rato callada, claramente alucinando por lo que acababa de pasar. De pequeña aquello era una auténtica monada, porque se paraba en seco, y trataba de mirarse la nariz a ver si seguía en su sitio. Sin embargo, aquel extraño síndrome no desapareció con el tiempo, y todos sus conocidos tenían una juerga considerable con el tema. Y ella siempre les decía “un día me va a pasar algo, y veremos si os reís”.
Como si de una auténtica profetisa se tratase, Natalia acertó desde pequeña: un buen día, al cruzar una calle, un fuerte picor atravesó su nariz provocando un enorme estornudo. La chica se quedó parada, como si no estuviese allí, hasta que un camión de marisco se la llevó por delante. Pero que nadie sienta pena, Natalia no se enteró de nada e incluso dio una lección al resto. Todavía llorando su muerte en el funeral, sus familiares y allegados sufrieron un susto espantoso cuando ella, tumbada en su ataúd, se dio cuenta de lo que había pasado y tuvo un tremendo ataque de risa que desalojó la iglesia entera en un momento.
jueves, 11 de noviembre de 2010
#24
El día que el mundo se quedó sin ideas era martes, y en algunos sitios llovía y en otros no. Ocurrió de golpe, sin avisar: en Bogotá, un niño de nueve años pensó que el mundo podría quedarse sin ideas en algún momento, y esa fue la última vez que alguien pensó algo nuevo. Por supuesto, nadie se dio cuenta de lo que había pasado. Simplemente, los días se fueron volviendo cada vez más grises, los libros más aburridos, y las televisiones se quedaron como estaban, para variar. Pero a fin de cuentas, siempre nos quedará el Salsa Rosa y el Facebook.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
#20
El día que Jorge consiguió escapar del manicomio no imaginaba lo cerca que estaba de cambiar su vida. Tras despistar a los guardias, se dirigió al único parque de la ciudad en el que no habitaban esos leones turquesas que todo el mundo parecía ignorar. A esas horas esperaba encontrar el lugar completamente vacío, pero sentada sobre el charco más grande estaba Julia, una loca a la que todavía no habían encerrado. Él se acercó andando hacia atrás (para despistar en el caso de que alguien le siguiese), y dijo dando vueltas sobre si mismo:
- ¿No te parece irónico que el tres odie el rojo?
- Los cactus, en realidad, son de una goma muy dura – contestó ella.
Por supuesto, tras aquella conversación quedaron perdidamente enamorados. Desde esa misma noche desaparecieron por completo de la faz de la Tierra y nadie volvió a saber de ellos. Pero ¿a quién le importa? Al fin y al cabo, sólo eran dos locos.
viernes, 29 de octubre de 2010
#18
Esa noche alguien tiró una bomba. Y no me refiero a una de estas de juguete, que rompen un par de cristales, hacen un poco de ruido y se acabó. No, me refiero a una de esas que dejan un agujero tan grande que luego toca rehacer los mapas y es un fastidio. Bien, pues esa noche alguien tiró una bomba, pero fuese quien fuese tuvo realmente mala suerte: todos los habitantes de la ciudad estaban dormidos y ninguno de ellos se enteró de que se moría. Así que a la mañana siguiente, todos hicieron como si nada y siguieron viviendo.
miércoles, 27 de octubre de 2010
#16
Por mucho que lo intentó, Gabriel nunca llegó a ser escritor. Y no es que no tuviese buenas ideas o no fuese capaz de expresarse de una manera correcta, hasta bonita. El problema de Gabriel era infinitamente más grave: hiciese lo que hiciese, sus protagonistas acababan suicidándose. Daba igual la situación inicial, que el protagonista estuviese locamente enamorado o que fuese rico, el final siempre era el mismo. Por norma general optaban por un tiro en la cabeza, pero también se habían dado caso de ahorcados, saltos desde un quinto o lanzamientos contra autobuses varios.
Tras intentarlo una y mil veces (todas con funesto resultado), un montón de médicos, psicólogos y fármacos, la frustración de no poder alcanzar su sueño acabó siendo demasiado grande: Gabriel agarró un revolver, se sentó en la azotea, se rió una última vez y apretó el gatillo.
Fue justo en el momento en que la bala le atravesaba el cráneo que se dio cuenta de que en algún lado existía alguien con el mismo problema que él.
domingo, 24 de octubre de 2010
#14
Óscar posee una mente increíble. Tiene una lucidez y una facilidad de pensamiento que parecen fruto de un milagro. Da la impresión de que conoce todos los secretos del Universo, y hace tiempo que respondió a sus propias “¿quién soy?”, ¿de dónde vengo?”, “¿a dónde voy?”. Y además tiene una presencia especial, una fuerza interior distinta al resto. Es arte, es meditación, es música, es poesía pura. Parece tocado por la mano del mismísimo Dios. Es una lástima que Óscar no sepa hablar: el hecho de que sea un pez hace difícil obtener de él más que un par de burbujas.
#12
Algún día escucharás hablar de mí, cuando menos te lo esperes. En la pastelería, en un jardín, en el metro. Escucharás hablar de mí a gente que no conoces, pero sabrás a quién se refieren. Dirán cosas que no serás capaz de creer, cosas que jamás habías pensado que ni yo nadie pudiese hacer. Y entonces tratarás de recordarme, pero no podrás. Porque yo ya me habré ido.
jueves, 21 de octubre de 2010
#8
Recuerdo el minué que sonaba de fondo en aquél salón francés. Tú me cogiste las manos sin decir una sola palabra, y me sacaste a la pista. Te movías despacio pero completamente segura de cada paso, cada movimiento. Tan aterradoramente volátil. Recuerdo también cómo trataste de enseñarme una y otra vez aquél condenado baile, y cómo yo no podía evitar pisarte continuamente a pesar de mis esfuerzos por no herirte. No sé cuánto tiempo estuve practicando aquél baile, pero debió de ser demasiado: cuando levanté la mirada para sonreírte seguro de que ya no volvería a pisarte, allí no quedaba nadie.
martes, 19 de octubre de 2010
#6
Espero que me perdone, pero voy a tomarme la licencia de recordarle a usted que está vivo. Sí, sí, lo sé, usted ya sabe que lo está, menuda tontería. Pero ¿de verdad está vivo? No me refiero a sus funciones vitales (de las cuales no me atrevería a dudar), sino a su vida. ¿Por cuánto vende usted sus segundos? Si su respuesta ha sido un número, tire este papel antes de que se autodestruya.
#4
Desde pequeña, a Clara le enseñaron que estudiar era muy importante. “Si se quiere ser alguien en esta vida, hay que tener estudios”, le dijeron sus padres. Y a decir verdad consiguieron su propósito: Clara se dedicó en cuerpo y alma a estudiar. Colegio, bachillerato, universidad, master, doctorado, tesis. Junto con piano y violín, inglés, francés, alemán e italiano. Y no se quedó ahí: siguió estudiando más y más durante toda su vida, por eso de llegar a ser alguien. Tanto, que se olvidó de vivir.
A Juan le tocaron unos padres más empáticos. “Tú vive, hijo” le decían. Y también lograron lo que querían: Juan no se perdió una sola fiesta, no dejó una sola droga sin probar y pasó absolutamente todas las noches que pudo acompañado. Claro está, sólo hasta que sus padres murieron y tuvo que mudarse al banco del parque, esperando cada día que los peatones se hubiesen levantado de humor para dejarle suficientes monedas para comer al menos una vez.
A mí sin embargo, me dijeron “haz lo que quieras”. Y ahora resulta que no sé hacer ninguna de las dos cosas.
